lunes, 25 de noviembre de 2013

Narraciones bonsai

Por Yael Tejero

Los campos magnéticos
Luciano Lamberti
China Editora
48 páginas

Si Fabián Casas escribió sus Ensayos bonsai, es legítimo decir que Lamberti también ha llevado lo efímero a la novela. Los campos magnéticos, originalmente publicada en papel por Sofía Cartonera de Córdoba, fue reeditada en formato digital. Sus historias son tan contundentes y simples como su discurso. 



¿Existe aún el género de la nouvelle? ¿O es tan sólo una tendencia simplificadora de los géneros narrativos que persiste en la enseñanza escolar, en los talleres literarios? La pregunta se impone ante la lectura de Los campos magnéticos, la primera novela de Luciano Lamberti, digital, gratuita y de libre circulación. 
En esta historia se entrelazan dos parejas: Sofía y Fernando; Marcelo y Agustina. Sofía coincide con Marcelo en el consultorio de su psiquiatra. Fernando y Marcelo comparten tiempo en natación y algunas anécdotas universitarias del ambiente de Gaspar, un militante de izquierda pequeñoburgués. Completan el reparto una hippie sin nombre que se va de viaje, la doctora Barale y algunos personajes secundarios. La medicación compulsiva, la depresión, el pánico, la militancia, las drogas y las relaciones, son algunos ejes de los conflictos. 
Por sus temas, su forma y su soporte, el género discursivo en el que se inscribe esta obra es un objeto de mutación. Si bien la novela fue primero publicada en papel, la experiencia contemporánea de lo virtual está presente. Quizás no aparece tematizada, pero sí transpolada a la forma de la narración: la escritura y la lectura veloces de la entrada de blog y el avance a partir de hipervínculos que se desplazan de una ventana a otra, suponen cambios de paradigma en la construcción narrativa. En Los campos magnéticos se encarnan algunos de esos cambios. Su formato no está exento de significación: la brevedad de los capítulos, la alineación a la izquierda del párrafo, los nuevos usos de signos de puntuación propios del chat y la fonética castellana (“restorán”, “sicólogo”) para acelerar la comunicación, son algunas de sus características más relevantes. 
En una entrevista al autor, publicada en Revista Tónica, Pablo Scoufalos habla de una economía de recursos en la escritura de esta novela. No sería justo decir “austeridad”, puesto que esa economía está basada en la apropiación de los “errores” como sustrato de sentido. Las repeticiones deliberadas crean la impresión de una prosa poco cuidada que bien podría ser la de cualquier usuario de la Web. En un reportaje realizado para el suplemento Ñ, Lamberti dice querer escribir para ser comprendido por alguien de quince años. El escritor es docente. Y en esa línea puede leerse esta novela: una apuesta a una lectura aficionada, sin pretensiones ni subestimación. Por el contrario, la obra presenta el desafiante enigma del minimalismo, que nos provoca y nos impele a instituir el sentido. ¿Por qué se dice que los personajes sienten ir hacia un vacío? ¿Acaso sufre el lector esa paulatina atrofia del relato que a nada conduce? 
La referencia al mundo académico no se hace esperar. Cuando los personajes publican una revista, aparecen en escena los clichés del mundo intelectual sin riesgo de un tratamiento viciado de lugares comunes. La operación que consagrara a Pola Oloxairac con Las teorías salvajes, donde se exacerba el tono paródico del folklore intelectual y universitario de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, no es la opción elegida por Lamberti. Por el contrario, el autor dedica uno de sus breves capítulos al mundo de la Facultad de Humanidades de Córdoba. Con este gesto, depone la centralidad porteña, recrea ficcionalmente el ambiente de las revistas autogestivas y las pretensiones izquierdistas de sus mentores. Sabe trastocar el realismo de ese mundo en un tono sutilmente jocoso sin por eso convertir su relato en una trama ininteligible. Para Juan Terranova, en El asesino de chanchos (también de Lamberti), la clase baja genera una fisura abrasiva, se vuelve bizarra o freak y conduce al expresionismo. Es ahí donde ve el quiebre de la estética realista. En este caso, el hiato se produce en la clase media, a través de los destellos desopilantes en los que incurren los personajes. Pero son sólo eso: chispazos donde la lectura que había pactado con lo verosímil se topa con un dato “poco serio”. Y nada se estremece ante los fulgores de incoherencia de la trama. ¿Por qué entonces Scoufalos señalará en la novela una verosimilitud aplastante? Este interrogante en torno a la interpretación de Los campos magnéticos nos deja algunas preguntas más amplias: ¿por qué la concisión per se sería sinónimo de hiperrealismo? ¿Acaso por mimetismo con lo coloquial y lo prosaico?
¿Qué son los campos magnéticos? Para Einstein –según el científico que vivía con la hippie–, son las fuerzas fundamentales de la física. Al lado suyo, las otras fuerzas son caóticas y poco predecibles. Así es la narración de la novela. El lector nunca sabe a dónde se dirige ese relato que enlaza personajes y anécdotas y los coloca en una misma jerarquía. Lo único certero son los efectos de ese magnetismo que Sofía dice sentir cada vez que aparece el hueco en el que se siente caer: “Era como un remolino que a veces la trajera hacia la oscuridad. Sofía caía en él sin alcanzar jamás el fondo, y la sensación era aterradora, como si dejara de tener control sobre su propio cuerpo.” ¿Magnetismo, ataque de pánico o depresión? El título es la metáfora más fértil de la obra. La contradicción de Sofía es tener la certeza de un síntoma crónico de incertidumbre. Hacia allá vamos los lectores. 

lunes, 4 de noviembre de 2013

La edición de los recuerdos

En su primera novela, Lo que no aprendí, la colombiana Margarita García Robayo propone una historia autorreferencial vinculada a su pasado en familia y a su presente como escritora.

Por Teresita Garabana



En el imaginario de las clases medias, la niñez es la etapa más feliz en la vida de las personas. Sonriente y despreocupado, el niño ideal suele representarse como un ser inocente, rodeado de protección familiar, carente de responsabilidades; tranquilo en ese potencial que espera aún ser liberado.

Con un bagaje de tres libros de cuentos y una nouvelle publicados, la joven Margarita García Robayo (Cartagena, 1980) viene esta vez a cuestionar ciertos tabúes que existen respecto de la infancia, e intenta desmentir algunos de sus clichés.

La primera parte de la novela se desarrolla durante unas vacaciones de verano en la morada familiar, cercana a Cartagena de Indias. Sin playa, sin pileta y sin amigos de su edad, Catalina, la protagonista de once años, da vueltas por la casa oyendo conversaciones ajenas, espiando a su madre, interrogando a sus hermanas mayores e intentando descifrar a su extraño padre.

Solitaria e incomprendida, combate el aburrimiento pasando horas fuera de su hogar sin que a nadie parezca preocuparle demasiado. Así es como encuentra la compañía de Aníbal, el hippie adolescente hijo de su vecino, con quien la niña comienza a pasar tiempo en una construcción abandonada. Así  construye algo muy parecido a una primera relación amorosa.

Sin llegar a meterse con el realismo mágico, hay elementos que se vinculan con una tradición latinoamericana que toca lo inexplicable, la brujería y las ciencias ocultas. En este sentido, basta recordar a Clara, la pequeña vidente de La casa de los espíritus, quien, como el padre de Catalina, convoca en el hogar a visitantes que hacen fila bajo el sol, esperando vaya uno a saber qué clase de respuestas milagrosas.

Hay algo en el ambiente generado por García Robayo que se asemeja a aquel creado magistralmente por Lucrecia Martel en La Ciénaga. El calor, la abulia, la opresión, la madre que insulta a todos sin motivos o las hermanas que se pasan el día en traje de baño yaciendo bajo un ventilador, recuerdan a aquellos retratos de clase media venida a menos. ‘’A mi mamá le daba culpa porque en las vacaciones no nos llevaban a ninguna parte. Nos pasábamos dos meses encerrados en la casa, chupando calor y mirándonos las caras largas’’.

Los diálogos precisos, secos, a veces violentos como latigazos, constituyen otro acierto. Las voces de los distintos personajes tocan temas diversos como la situación política, el narcotráfico, las vacaciones en Estados Unidos, junto a romances adolescentes o costumbres del servicio doméstico, que funcionan como catalizadores del crecimiento de la protagonista. La manera en que las distintas capas de sentido se van imbricando y mezclan lo más superficial con lo más profundo, dan como resultado un texto que resulta a la vez denso en contenido y ágil a la hora de leer.

En la segunda parte de la novela, la narradora ya no es Catalina sino la propia Margarita, y no recuerda sus once años sino un momento muy posterior, en el que un suceso traumático la hace regresar temporariamente a la casa familiar. Aquí, el texto se despliega de una nueva manera, proponiendo dos niveles simultáneos de autorreferencialidad.

En primer lugar, a la propia infancia de quien narra. Desde este punto de vista, es notable la sinceridad con la que se reflexiona sobre el pasado y sus múltiples voces y aristas. Esta ‘’edición de los recuerdos’’ a la que se refiere García Robayo en una nota de Milena Heinrich es, como ella misma dice, arbitraria, y tiene como finalidad la reconstrucción de una versión personal basada en una memoria que no es objetiva sino que, además, se va modificando con el paso del tiempo.

En segundo lugar, lo autorreferencial traspasa lo autobiográfico, cuando la narradora consigue enlazar la historia que está contando con el modo y las circunstancias en las que fue escrita. Dentro de este interesante juego que la autora propone, ficción y no ficción se superponen para revelar al lector algunos de los secretos del proceso creativo. De esta manera, se cuenta la vida de una niña que se transforma en mujer, y también la historia posible de una escritora que se atreve a cerrar cuestiones de su pasado, o reabrir las fuentes del metalenguaje, de la única manera en que pueden reelaborarse: escribiendo.

viernes, 23 de noviembre de 2012


Cuaderno de Pripyat, de Carlos Ríos, por Flavia Segovia

Novela
Más que una ciudad dormida

Cuaderno de Pripyat es la última novela de Carlos Ríos. Narra la historia de una ciudad después de la devastación y reconstruye los relatos de personas que secretamente viven allí.








Cuadernos de Pripyat
Novela
Por Carlos Ríos
Páginas 100
Entropía, 2012
Precio: 45 pesos








“A los pies de Muthahi, la ciudadela de cartón relucía como el cuerpo de un animal puesto a secar. El joven observó la gran cicatriz que cruzaba de norte a sur y allí, entre los volcanes extinguidos y sus lagos, otra ciudad, que en su empeño por sobrevivir negaba a la suya.” Este es un fragmento de Manigua, la primera novela de Carlos Ríos. La trama transcurre en el desierto africano atravesado por enfermedades, guerras y adversidades al que un joven, emprendiendo un viaje, decide enfrentarse por un mandato familiar. En otro extremo temporal del relato, sitúa a Muthahi en un hospital junto a su hermano, que gravemente enfermo le dice: “Escucharé la historia del animal sacrificado el día de mi nacimiento y luego me iré en paz” y al que con urgencia necesita contarle su experiencia.

Cuaderno de Pripyat, la última novela de Ríos, narra el regreso a una ciudadela devastada y solitaria donde coexisten diferentes personajes. Todas ellos tienen como conector al joven Malofienko, urgido por volver después de una partida forzosa y la muerte de su familia, a reencontrarse con el pasado. En su diario de viaje narra con crudeza cómo se reconstruye la vida en un lugar prohibido, donde todo lo que crece está signado por la contaminación y porta un sello invisible que dice “no deberían estar aquí”.

Estas novelas tienen una paralela estructuración temática. Son relatos de viajes, donde en centro es la incursión y la búsqueda. En Manigua de un animal sagrado para que no muera el hermano del narrador y, Cuaderno de Pripyat, de su pasado. Una visión apocalíptica acompaña la trama de ambas obras literarias, lugares desolados y personajes complejos aportan un rasgo ficcional. No obstante, paralelamente contienen elementos narrativos de un mundo verosímil; Cuaderno… presenta como escenario histórico la caída de la URSS y nos ubica en la ciudad de Pripyat (norte de Ucrania) que después del accidente nuclear de Chernóbil se convierte en una ciudad fantasma.

Los epígrafes dan cuenta de esa realidad. “Le temíamos al viento, a la lluvia, al césped verde y fresco, a la luz y al agua que bebíamos.” En esta frase, el escritor ucraniano Yuri Andrujovitsch, describe con realismo la sensación de indefensión vivida en Chernóbil. Este autor ha escrito novelas y ensayos  sobre la situación de su país durante y después de la Unión Soviética, lo que lo relaciona directamente con la situación vivida en Pripyat: "El sábado 26 de abril de 1986 la primavera había llegado a Ucrania, el cielo azul resplandecía en la ciudad de Kiev, el abedul de Carelia retoñaba y los labradores segaban los campos de trigo. Mi hijo tenía 46 días de nacido y mis últimos poemas estaban a punto de publicarse. Hoy, a principios del siglo XXI, me parece legítimo preguntarse: ¿qué ocurrió el 26 de abril de 1986 en Ucrania?" escribió en su libro de Crónicas Chernóbil, la mafia y yo.

Carlos Ríos convierte a Pripyat en una ciudad casi mitológica, con personajes que relatan regresos tristes y voluntarios y otros que no pudieron irse, convirtiéndose en los guardianes de la ciudadela. Un destazador faena reses que brillan “como un amasijo de krill puesto a secar”. Un lugar donde las creencias paganas de ancestros nórdicos siguen vigentes. Los caballos sagrados trotan libres y los lobos son los dueños de la noche. Mientras Malofienko, en medio de todas estas historias, intenta rescatar la suya.

El otro epígrafe es un fragmento del cuento Lo visible de Juan José Saer que relata la vuelta de los jóvenes, después de la explosión nuclear, a una ciudad vacía, solitaria y contaminada, pero que les pertenece. “(…) como si a causa de la explosión un nuevo mundo, colateral del primero pero que terminaría suplantándolo por completo, hubiese empezado a proliferar.” Este cuento refleja el regreso, Cuaderno…intenta describir, a través de las notas de Malofienko, cómo sobreviven esas personas que se atrevieron a volver a una ciudad donde la desolación y el aire tóxico son el único patrimonio.

Cuadernotiene una organización narrativa singular que remite a la novela “Rayuela” de Julio Cortázar. Su propuesta para leerla saltando y alternando capítulos, con elementos estilísticos del collage, se percibe en la obra de Ríos: Números romanos, colores, entrevistas, incursiones y correspondencia al libro en inextricable, en el que el lector que realiza una interpretación lineal del texto, se pierde en la dinámica del relato.
En el carácter experimental de esta novela quizá resida su extraño atractivo. La diversidad de historias y la articulación entre ellas lo convierten en un libro fragmentado, pensado para la relectura y para quedarse asido en cada capítulo.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Los solitarios seguidores de Rousseau


En las Jornadas que conmemoraron el 300º aniversario del nacimiento de Jean-Jacques Rousseau, una audiencia menuda abordó los grandes temas del pensador ginebrino. Desde la ley hasta la subjetividad, desde el ateísmo hasta la libertad, los oradores definieron el mapa de los problemas rusonianos que estudia nuestra academia.

Por Yamila Bêgné
 
“Habiendo sido condenado a galeras en Cádiz, en el año 1746, un indio de Buenos Aires propuso al gobernador comprar su libertad exponiendo la vida en una fiesta pública. Prometió que atacaría solo, sin otra arma en la mano que una cuerda, al toro más furioso, que lo echaría por tierra, que lo amarraría por la parte del cuerpo que se indicara, que lo ensillaría, lo embridaría, lo montaría y que, montado, combatiría con otros dos toros de los más valientes que hicieran salir del toril, matándolos todos uno después de otro”
Jean-Jacques Rousseau


En la cartelera se anuncia un seminario para fines de noviembre: “Los sistemas de producción lechera, valorización de la pastura y el mantenimiento de los prados”. Extraño, sí, pero punto para Rousseau, que era vegetariano. Adentro, los carteles de “Prohibido fumar” están hasta en los espejos del baño, aunque el aire cargado acusa que nadie les hace caso. Punto en contra: Rousseau era un legalista.
La naturaleza, la ley, el yo, la religión, la voluntad, la filosofía, el lenguaje: todos tópicos rusonianos que se discutieron en la segunda parte de las Jornadas Internacionales “Actualidad de Jean-Jacques Rousseau” a trescientos años de su nacimiento. En el aula pequeña del tercer piso están presentes todos los que, al menos en Buenos Aires, se dedican a estudiar a Rousseau. Somos dieciocho: seis disertantes, tres coordinadores, nueve asistentes. Para arrancar, todos esperan a Marcelo Raffin, el Director del Centro. Cuando llega, nos saluda uno por uno, con un beso, incluso a quienes no lo conocemos. Dulce amabilidad rusoniana.
Una de cal y una de arena
A la dulzura hay que contrarrestarla con algo de crítica. Por eso, Julia Smola, de la Universidad Nacional General Sarmiento, abre la primera mesa con una palada de cal: la lectura pesimista que Hannah Arendt hizo de El contrato social. Arendt acusa a Rousseau de haber igualado libertad y soberanía, lo que habría llevado a la negación total de la libertad humana. Las consecuencias serían catastróficas: porque el pueblo está formado a partir de la voluntad general y contra las individualidades, “hay que ser un dios para sí mismo, oprimiendo las voluntades particulares”, sintetizó Smola. Curioso, sin embargo: cualquier norma rota podría desarticular el argumento de Arendt. Las estelas de tabaco que sobrevuelan el ambiente, por ejemplo, sugieren que la ley pesa menos que las ganas de fumar.
El equilibrio de las fuerzas era clave para Rousseau: vuelve el tono dulce a la mesa. “Conozco a los hombres y me siento a mí mismo: no estoy hecho como ninguno de cuantos he visto”. Así abre Jean-Jacques sus Confesiones, que Emilio Bernini, investigador de la UBA, revisa para entender cómo se va construyendo allí una subjetividad excepcional. La introspección nace al mundo con los textos autobiográficos de Rousseau; por eso los diferentes romanticismos acusarán su impacto. Así lo hace Madame de Staël que, como recuerda Bernini, piensa a Rousseau como “un alma pura y buena, casi divina”. Una de arena para Jean-Jacques.
Sólo sé que no sé… deconstruir
La segunda mesa dibuja una variopinta trinidad: Rousseau, Sócrates y Derrida. Vera Waksman, de la UBA, vuelve sobre los escritos autobiográficos de Rousseau para registrar las alusiones a Sócrates. El elogio de la ignorancia, ya presente en el Discurso sobre las ciencias y las artes, y la vida dedicada a la verdad unen las figuras de ambos pensadores. Pero los diferencia la soledad: mientras Sócrates toma la cicuta y espera la muerte rodeado de sus discípulos, Rousseau, como se lee en Las ensoñaciones del paseante solitario, está “solo en la tierra, sin más hermano, prójimo, amigo ni compañía” que él mismo.
Emmanuel Biset, del CONICET, llega con un Derrida bajo el brazo. Acostumbrado a deconstruir cualquier cosa que le pasara cerca, Derrida no dudó tampoco ante Jean-Jacques. Intentó deconstruirlo en De la gramatología, analizando el Ensayo sobre el origen de las lenguas. Como explica Biset, Derrida entiende que Rousseau concibe al estado de naturaleza como un momento fijo. Y, siempre alérgico a la fijeza, Derrida se apura a reformular: la naturaleza no es un monolito. El problema es que Rousseau nunca concibió a la naturaleza como una esencia. Es el mismo Paul de Man quien, en su sinceridad de amigo, le devuelve el golpe al deconstructor: todas las críticas que Derrida le hace a Rousseau ya están en Rousseau; Rousseau es un autor que no se puede deconstruir.
El círculo y la fe
En la última mesa, se sigue respirando por un rato la influencia que el postestructuralismo y sus vericuetos han tenido en la academia argentina. Gabriela Domecq, de la Universidad General Sarmiento, aborda la noción de lugar como el espacio de la ética en Rousseau. El trazo es también de corte derrideano: en un juego entre el poder y la voluntad, el equilibrio dibuja un círculo en el que el sujeto rusoniano debe circunscribirse para ser feliz: “El desdichado es el que se extiende fuera de sí”. Resignada constatación que Jean-Jacques formula, sin geometrías, al final de su vida: “Cuanto me es exterior me es extraño de ahora en adelante”.
Sólo creer en uno mismo, entonces. Dante Baranzelli, de la UBA, logra extraer tres características comunes a los personajes ateos de Rousseau: la incredulidad les viene de la razón, el dogma los indigna y terminan por adoptar la fe natural. “Sólo el sentimiento aporta un elemento definitivo a favor de la fe en Rousseau”, sintetiza Baranzelli. Y es también el sentimiento el que arroja al converso y reconverso Jean-Jacques a los ritos de la soledad: “¿De qué se goza en una situación semejante? De nada exterior a uno mismo, de nada sino de sí mismo y de su propia existencia”.
Pasadas las nueve de la noche, quedamos la mitad de los que empezamos: Rousseau sigue siendo un solitario. En los pasillos, sin embargo, los rusonianos porteños se entregan a la ensoñación. Si la primera parte de las Jornadas reunió a tres especialistas franceses, esta vez, en cambio, se pensó a Rousseau desde acá. Los temarios fueron diversos, también los tonos y las influencias, se comenta. Pero, desde distintos ángulos, en cinco horas quedaron nombrados los problemas que importan, en Buenos Aires, a la hora de pensar a Jean-Jacques. ¿O no fue el mismo Rousseau el que, en una nota olvidada de su Segundo Discurso, mencionaba esta tierra perdida en las pampas?

Jornadas Internacionales “Actualidad de Jean-Jacques Rousseau” a trescientos años de su nacimiento
Primera parte: 26 de septiembre, 18hs. Segunda parte: 17 de octubre, 16.30hs.                                                           Centro Franco Argentino de Altos Estudios, UBA.



jueves, 15 de noviembre de 2012

Sobre "Cuaderno de Pripyat" de Carlos Ríos. Por Mariana Zalazar


Notas sobre el silencio pos-atómico

En Cuaderno de Pripyat, el poeta y novelista Carlos Ríos se adentra –en clave bitácora- en la triste e hipnótica belleza de un mundo en desintegración.


Ficha técnica
Cuaderno de Pripyat
Novela
Por Carlos Ríos
95 páginas
Editorial Entropía
$52



Por Mariana Zalazar

“Nadie brinda por lo que tiene, eso quedo atrás”, escribe Carlos Ríos en Cuaderno de Pripyat, su última novela publicada recientemente por Editorial Entropía. Un lugar a espaldas de quien narra, un topos ya inaccesible, un tiempo rehén de la irreversibilidad. Los apuntes de una ciudad amortajada por la radioactividad, cuyo fantasma vaga frente a los ojos del provisorio Malofienko, el protagonista embarcado en la búsqueda de un imposible: la resurrección de una identidad mutilada por el dióxido de uranio y el sobrecalentamiento de un reactor nuclear.

Mucho se ha dicho – también escrito y filmado- sobre los corolarios de Chernobyl desde aquel funesto veintiséis de abril de 1986. Pero, así como los numerosos saqueos transformaron las habitaciones del relato de Ríos en espacios simbólicos excluidos, las incesantes producciones literarias y cinematográficas sobre la mutación y el horror acabaron por dotar a la narrativa del desastre de una peligrosa cuota de vacuidad. Del extremo de la resistencia, nombres tales como el escritor español Javier Sebastián Luengo –quien publicó el año pasado El ciclista de Chernóbil-, el ensayista ucraniano Yuri Andrujovitsch y autores del otro lado del océano como Juan José Saer (estos últimos dos citados por Ríos en Cuaderno), ofician de buenas compañías para una prosa que no pretende hablar de transformaciones genómicas, sino de la ambigüedad de los olvidos y ausencias que pueblan el silencio pos-atómico.

A pesar de ser oriundo de Santa Teresita, Ríos describe los paisajes devastados de la zona de alienación con una inquietante cercanía. El mismo ejercicio que ya había practicado en su primera novela, Manigua (2009), en cuyas líneas –escritas durante sus años de residencia en Puebla, México- transita la africanidad de una muerte anunciada en clave swahili. El núcleo primitivo del hombre, la animalidad, la degradación del presente, la paranoia de la memoria, la tensión de los lazos familiares y la reevaluación del peso de la existencia son elementos que sustentan la estructura emotiva de ambos trabajos, donde los personajes -según el propio autor- “todo el tiempo tienen que ir negociando su vida en un mundo de restos”, de identidades agonizantes. Algo así como el intento infructuoso al cual hace referencia la citada Clarice Lispector, esa tentativa por franquear el umbral del óbito y dar el primer paso en la desaparición de, ni más ni menos, la propia persona.

Esta segunda incursión de Ríos en la novelística no sólo representa la continuidad de una tesis fundamental de corte antropo-filosófico, sino también la profundización de un exquisito puntillismo poético en la construcción de su prosa. No es sorpresa que haya dado sus primeros pasos como escritor en el universo de la métrica. Media romana (2001), La salud de W.R. (2005) y La recepción de una forma (2006) son algunos de los poemarios que le valieron numerosos premios en su país así como en las tierras de Amado Nervo. Tanto Cuaderno de Pripyat como su antecesor se valen de la fragmentación en capítulos de un modo inhabitual, lejano a la cronología y más próximo a un intento por encerrar bajo cada título una postal autónoma, con valor estético-expresivo propio. Como las hojas de un diario o de una bitácora, donde los registros se contradicen, se superponen, se alimentan desde la falta de una linealidad inequívoca. “El montaje de referencias lo entiendo un poco como un trabajo de composición. Siempre pienso en esa idea de un texto como un imán que atrae elementos diferentes. Cuanto más salvaje sea esa intrusión, en el sentido de que lo que llegue mine, genere inestabilidad, incertidumbre, incertezas, mejor”, afirma Ríos en una entrevista publicada en el diario Perfil, amante confeso de una sintaxis de costuras visibles. 

Malofienko se adentra en el horizonte contaminado de Pripyat signado por una infancia en fuga y por una adultez acosada por el reproche de una amante que le asegura que no hay nada que le pertenezca en aquel lugar. La radioactividad le deja, como falso consuelo, un caballo degollado y un montículo de collages alusivos que actúan como memoria extracorpórea. La quema de muebles, la falta de medicamentos, los escombros, la desolación. Pensar que a principios del siglo XX la vedette Löie Fuller se atrevía a preguntarle a Marie Curie si el extraordinario radio que había logrado aislar no podía servir para iluminar los vestidos de gala que lucía en el Follies-Bergére. Es que para ella, claro, los brindis aún no habían quedado detrás.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Instrucciones para dar el gran batacazo intelectual argentino, de Juan Terranova, por Yamila Bêgné



Los nuevos cuentos de Terranova
Un variado mundo pequeño
Los relatos del último libro de Juan Terranova, Instrucciones para dar el gran batacazo intelectual argentino, recurren al periodismo, la academia y la web, fuentes diversas que quedan atrapadas en el marco uniforme de la primera persona.



Ficha técnica
Instrucciones para dar el gran batacazo intelectual argentino
Cuentos
Por Juan Terranova
149 páginas
Editorial Reina Negra 
$50                                                                                                                                                     



“Sí, el final de la ficción tal cual la conocemos. Pero el principio de otra cosa.” La frase de El caníbal, primera novela de Juan Terranova (Buenos Aires, 1975), sirve todavía para pensar el último libro del autor, Instrucciones para dar el gran batacazo intelectual argentino, una colección de doce cuentos con personajes y temas diversos, construidos con una red de fuentes también amplia pero que termina presa de una uniformidad que excluye al lector.
            Licenciado en Letras, en su producción literaria Terranova se ha medido con casi todos los géneros; además, es periodista y tiene presencia constante en la web. Estas zonas de su formación encuentran lugar en Instrucciones…, su segundo libro de cuentos. La academia está presente, por ejemplo, en “Los hermanos rusos”, que pone en juego saberes de teoría literaria, y en “Ciencias virales”, que tiene a las becas como tema, además de aludir desde el título y el epígrafe a Ciencias morales, novela del escritor y profesor universitario Martín Kohan. Su labor como periodista se hace palpable en “Hablame de lagartos”, que revive la polémica de la que fue protagonista en 2011, cuando ironizó sobre un vacío movimiento feminista. “Madres de plaza de mayo mecanizadas”, por su parte, puede leerse como una crónica de los festejos del Bicentenario. De la web no surge sólo la dedicatoria “a todos los #freelancers del mundo”, sino también, como en el reciente Spam, de Carlos Gradín, un método de exploración: si en “Los hermanos rusos” las fuentes periodísticas de Terranova se enriquecen con Google, en “Ciencias virales” internet es motivo de especulación.
Se suman a esta red las alusiones literarias, preanunciadas en los tópicos cortazarianos y arltianos sugeridos desde el título. Las reflexiones sobre literatura continúan en “El joven Aira”, donde el protagonista se entera del pasado de “Cesarito”: “Se lo notaba fóbico (…) chismoso inclusive.” También en el cuento que da título a la serie, una charla sobre concursos literarios. Y en “Sobre Ricardo Piglia”, mezcla de ensayo y anecdotario donde aparecen nombres de la literatura y de su hermana estudiosa, la academia: Julio Schvartzman, Oliverio Coelho, Matías Capelli, Pola Oloixarac.
“La sangre de España no mancha las manos” y “La masacre del equipo de vóley”, por un lado; y “Algunos personajes y situaciones que no deberían formar parte de un cuento sobre el peronismo” y “La máquina de la simplificación total”, por el otro, pueden leerse como pares. El primero, más anclado en el tradicional género cuento. El segundo, más tendiente a la experimentación formal.
Si bien la apuesta por la multiplicación de fuentes y referencias marca un modo de trabajo que distingue a Terranova, el resultado paradójico en Instrucciones… es que la diversidad se diluye. El abuso de la primera persona y de los finales tangenciales también contribuye a que la unidad del libro resulte contraproducente: los relatos quedan asimilados en un fondo de anécdotas, alusiones y nombres propios. El final de la ficción da paso, entonces, a la realidad reducida de los escritores y estudiantes de letras.  

miércoles, 24 de octubre de 2012

Paraísos, de Iosi Havilio, por Alejandro Armentía


Sobre la desmesura y la apatía

Con paisajes urbanos y personajes solitarios, Paraísos, nueva novela de Iosi Havilio, transita una historia en la periferia de un mundo sórdido que se encuentra a la vuelta de la esquina.


Ficha técnica
Título: Paraísos
Autor: Iosi Havilio
Género: Novela
Editorial: Mondadori
Páginas: 349
Precio: $ 99

Por Alejandro Armentía
En Paraísos, Iosi Havilio da continuidad a un tono, un procedimiento narrativo y una historia que hace unos años ya había determinado el éxito de Opendoor, su primera novela publicada en 2006 que recibió, entre otros, los honores de Beatriz Sarlo.
Narrada en primera persona, Paraísos cuenta, a través de 36 breves y llevaderos capítulos, la historia de una joven que queda viuda y, al ser desalojada de su casa en la que vivía junto con su pequeño hijo Simón en Opendoor, decide mudarse a la capital.
Allí la protagonista, de la cual no sabremos su identidad, recomienza su vida a través de un azaroso peregrinar: consigue trabajo en el reptilario del zoológico; se aloja en un edificio tomado -el Buti- regenteado por dealers, travestis y Tosca, un singular personaje que padece de cáncer y tiene un hijo deforme. Todo esto sin mayores sobresaltos, sin pasiones o emociones y sin ambiciones, expresado en la voz de un narrador indiferente ante los acontecimientos mundanos y también ante los excepcionales: “Me siento un fantasma”, dice.
La inexpresiva joven, sumida por momentos en reflexiones inconclusas, mantiene una pasiva relación con el mundo que es interrumpida a partir de los encuentros con la irreverente Eloísa, un personaje más enigmático que certero con quien tiene un pasado compartido en Opendoor, y con el que mantiene una relación ambigua.
La protagonista -con más apatía que consciente complicidad- se sumerge en estados lisérgicos a base de alcohol y marihuana, llevada por la incontenible personalidad de su amiga, que la empuja a cometer todo tipo de desmesuras.
Paraísos -tercera novela de Havilio- es una historia en tránsito: desde la ruralidad de Open Door a los márgenes de una ciudad selvática que, desde la mirada del narrador, está habitada por árboles y animales, más que por edificios y personas. La joven protagonista, ex estudiante veterinaria, repasa cada noche un libro del zoólogo Albertus Seba y dedica su insomnio a calcar una serpiente, o se detiene a contemplar el reptilario del zoológico donde trabaja, o es acompañada por Canetti, que le describe los árboles que visten la ciudad. Pero entre los catálogos de animales y plantas, en Paraísos lo que asoma, en paralelo, es un gran bestiario de personajes solitarios y desdichados.
Iosi Havilio parece consolidar un estilo original que, con sutiles reminiscencias arltianas, se nutre de la otredad que habita en los márgenes de la urbe. Con un tono gris pero directo, el autor recupera las manifestaciones de un espíritu costumbrista teñido por los tiempos actuales.